Todo Empezó con un Buen Chupete

Han sido años desde que dejé de hacer esto que nunca empecé y sin embargo siempre practico en mi cabeza: escoger pocas palabras para transmitir muchas cosas que pasan por mi mente. 

Ha sido realmente difícil encontrar una noche de insomnio en la que me sienta lo suficientemente tranquilo como para ponerme a hacer eso, a lo que le llaman trascender. O de hacer algo sin ningún interés. Sólo por el puro placer de pensar que alguien algún día lo leerá y le gustará.

Nací el 12 de Junio de 1983 en Lima limón, Perusalem. Llegué junto con el fenómeno del Niño y mi madre siempre dijo que eso tuvo algo que ver con mi conducta, la cual no se caracterizaba por ser precisamente, angelical. Soy muy curioso, y eso siempre me llevó a muchas preguntas, y para resolverlas, improvisé. Poco a poco vengo aprendiendo, felizmente.

Logré comprender que no existe lo bueno ni lo malo, sino que sólo existen puntos de vista diferentes. Desde que decidí aceptar y comprender a las personas, y a la vida en general, me va muy bien. Ya que me olvidé de caprichos o de sueños sin fundamento. Entonces, sólo miro hacia los caminos abiertos. Ya no quiero hacer que las cosas salgan como yo quiero, sino que las acepto como son y también decido qué cosas evitar. El juego se trata de ser feliz, y la tripa no miente. Presta atención.

El pretender tener un impacto positivo en la vida de los demás, es un ideal que podría sonar invasivo. Aunque se siente bien y hasta ahora, a nadie le molestó. Mucho menos al Señor del kiosko de un colegio en Pachacámac, al que nos llevaron de paseo en quinto de primaria. Al paseo de sexto no llegué, por acumular muchas anotaciones en el cuaderno de control. Me plantearon un reto que sabían, difícilmente cumpliría: portarme bien.

Al recibir el vuelto, luego de comprar un chupete en el kiosko del colegio de Pachacámac, noté que había recibido dinero de más. Lo primero que pensé fue: ¡gané! E inmediatamente recordé lo que nos habían explicado en el colegio, sobre la situación económica de estas personas: ellos no sabían lo que era una lonchera

Yo, no sabía lo que era subir y bajar un cerro todos los días, como lo hacían ellos. Así hubiera sido para ir al colegio, creo que me hubiera gustado hacerlo.

Recapacité de inmediato y regresé al kiosko. Le dije al Señor que me había dado más de lo que debía y extendí mi mano con todo el dinero para que pudiera verificarlo. Luego de contarlo y guardarlo, un poco preocupado, el Señor dio media vuelta. Pensé que volvería a sentarse. Aunque lo que hizo me sorprendió y marcó mi vida para siempre: tomó un chupete que valía exactamente lo mismo que el dinero que me había dado de más, me lo entregó con una sonrisa y una mirada que nunca había recibido antes. El Señor estaba feliz y me lo hizo saber. 

Ese día, experimenté el placer de hacer las cosas bien.

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Todos los niños jugaban en el recreo, corriendo, gritando y riendo. Yo seguía pensando en esa frase que tanto me preocupaba: no saben lo que es una lonchera. Sin embargo, eran felices. Entonces, ¿se puede ser feliz sin llevar una lonchera al colegio? Me preguntaba, mientras miraba jugar a todos en el patio del colegio.  

Fue en ese momento, cuando empecé a darme cuenta de que los componentes de la felicidad son diferentes para todos. En realidad, no necesitamos algo para ser felices. Porque en el momento que necesitas algo, es porque piensas que te hace falta. Y si empiezas a crear carencias en tu vida, vas a ver el vaso medio vacío.

Creo que la felicidad, es aprovechar todo lo que tienes a tu alrededor y sobretodo lo que llevas dentro.

¿Y el amor?

El amor, es compartir la felicidad.


Inocencio.






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