Sweet Home Urubamba


Una vez más, siendo más rápido que el trabajo, el cual, siempre busca la forma de perseguirme, hoy, después de la siesta, decidí meterle mano a la chamba. Así que, empecé a preparar un pan de plátano, como para darme una recompensa adelantada a algo que, mentalmente ya había pateado para mañana.

Procrastinar llega a ser beneficioso en procesos creativos o en el desarrollo de planes, ya que te permite continuar trabajando la idea en tu cabeza, mientras vas de acá para allá.

Al menos, eso sucede conmigo y en mi caso, la oficina está mi cabeza.

En mis épocas de esclavitud, luego de trabajar durante siete años en una empresa, desde los diecinueve años, tuve la oportunidad de salir corriendo. Y lo digo de esa manera, ya que así fue.

Un día, en el trabajo, contesté un teléfono que sonaba sin parar, y me di con la sorpresa de saludar a un amigo que se encontraba trabajando en Urubamba, Cusco, hace ya un año. Y lo que me contó, fue realmente tentador.

Así que, en poco tiempo tomé la decisión y felizmente, las condiciones fueron favorables.

Además, tenía más razones para irme que para quedarme. El estrés de andar encerrado y ver a muchos seres queridos partir, me traía loco. Todo el mundo se va, ya sea a vivir, a estudiar, a trabajar o a juerguear a otro lado, y yo, estoy aquí encerrado

Hasta que un día, hice una pregunta que me llevó a soltar la mamadera: ¿vivo para trabajar, o trabajo para vivir?

- ¡Son huevadas! ¡Esto ya fue!

Pensé, antes de, si quiera haber respondido en mi mente a la pregunta ganadora.

Así que tuve un par de entrevistas telefónicas y la promesa de un buen trabajo, casi seguro. El único riesgo, era que debía pasar las dos últimas entrevistas allá. Lo cual significaba, dejar mi zona de confort y mandarme a la de Dios, para ver si conseguía el trabajo.

Siendo consciente de que se me podía caer el negocio, pensé en las alternativas que tenía, en caso de que algo contrario a mis planes, sucediera. El cálculo fue rápido ya que tenía más colchón que oportunidades. Así que empaqué, alquilé mi departamento y el veintinueve de abril del 2010 me subí a un bus, y luego de un poco más de un día de trayecto, llegué a Urubamba.

Me gusta viajar en bus ya que el camino y el trámite del aeropuerto, lo encuentro engorroso. Además, prefiero la aventura del bus: los paisajes, la gente con la que conversas, las paradas programadas y las inesperadas también. Todo eso, te da tiempo de estirar las piernas y de ver cómo vas avanzando, conforme cambia el panorama.

Los primeros días en Urubamba dormí en una colchoneta en un piso de madera, en una habitación en la casa de una prima de cariño, que vivía allá con su esposo y sus dos hijos.

La primera noche me abordaron muchas dudas, ya que aún no pasaba las entrevistas y estaba, literalmente, durmiendo en el suelo. Había dejado el trabajo soñado, mi departamento en el lugar que había elegido y mi cama rica. Aunque pase lo que pase, uno siempre regresa a su cama. Al menos, eso pensaba hasta entonces.  

A la mañana siguiente desperté y salí a dar una vuelta, para comenzar a aprender el lugar, recorriendo las calles, memorizando sus nombres, las rutas y los establecimientos comerciales.

Además, siempre ubicando los puntos más altos en el pueblo, que podían divisarse desde cualquier lugar, en caso me olvide las calles o las rutas, sólo tenía que orientarme en base a estas señales. Eso, lo aprendí en mis patoteadas de adolescente por la ciudad.

La vagancia, como todo en la vida, es un oficio muy especializado, si es que quieres tener éxito. 

En mi primer día de descanso del trabajo, explorando la casa donde me había instalado, llamada Ccatán, en la ladera de una montaña, camino a Pumahuanca, pasando la iglesia del Señor de Torrechayoc; encontré un batán de piedra en estado de abandono.

No podía creer que tan preciado objeto estuviera en desuso, así que decidí dedicar mi primer día libre a limpiar el batán y a preparar uchucuta, que es el nombre que se le da a la salsa de rocoto, en quechua.

La receta la pude aprender de las Señoras que venden comida en el mercado. Lugar al que iba, casi a diario. Ya que en los mercados siempre puedo ver cómo vive la gente local, en base a la oferta de productos y a sus hábitos de consumo. Y sobretodo, en base a lo que comen.

Luego de varios días de conversaciones y risas, las Señoras del mercado me dieron la receta de la uchucuta y del desayuno de quinua. Una de las cosas más ricas que probé en este planeta.

Mis amigos en Ccatán quedaron muy contentos con la salsa, la cual lleva: rocoto, huacatay, sacha tomate, maní, sal, y agua, para darle el punto de consistencia deseado. El desayuno de quinua se volvió una institución en Ccatán, junto con los green sándwich que preparaba con: pan de piso o pan chapla, tomate, espinaca, ajos picados, queso serrano, sal de Maras y aceite de oliva.

Estar sentado en la ladera de la montaña, contemplando la profundidad del valle y mordiendo uno de los green sándwich, sintiendo la frescura del tomate, el crujir de las capas de espinaca bañadas con el aceite de oliva, la explosión de sabor del ajo picado y de los granos de sal de Maras, acompañados por el queso serrano, junto al pan chapla, hacían de mi estancia en el monte, lo mejor de lo mejor para comenzar una nueva vida. La cual, ciertamente, aún no tenía rumbo fijo.

Recién pasados los treinta años, supe que en la vida uno tiene que ser feliz. Y para ser feliz, uno tiene que hacer lo que le gusta. Y a mí, me gusta la comida.

Llegué a tal conclusión una tarde, cocinando en una casa casi club en la que vivía en Trujillo. Varios amigos fueron para almorzar y yo estaba metido en la cocina chambeando mientras conversaba con la Mati. Hasta que me hizo una pregunta, en la cual nunca había pensado: ¿Phill, y tú, por qué cocinas?

En ese momento, en plena picadera de verduras, mientras miraba atento para asegurarme de no dejar un dedo o una uña en la preparación, casi entro en trompo.

Normalmente, respondo rápido, resuelvo y: ¡siguiente pregunta! Sin embargo, la Mati me había puesto en tremendo apuro por no saber qué responder.

A falta de lógica, viajé en mi memoria y pensé en lo que la comida significa para mí; vi una parrilla muy antigua en un paseo al campo con mis viejos y la familia. Debe haber sido antes de que yo tuviera cinco años, ya que a penas recuerdo el humo salir de la brasa y el calor en aumento, a medida que acercaba mis manos a él.

Luego vino una imagen del antebrazo derecho de mi abuela, mientras cocinaba, con sus oros y sus pulseras de piedras, las cuales recuerdo casi a la perfección, ya que siempre me dejaba jugar con ellas.

Mi abuela cocinaba de una manera espectacular. Siempre estaba a su lado, ya que en mi casa había sido entrenado en pelar vainitas, separar las piedritas de las menestras o de la quinua, deshojar hierbas, entre otras labores menores.

Además de ser el verificador del punto, cada vez que mi viejo cocinaba, que era casi todos los días.

- Phill, a ver prueba y ¿Qué le falta? Suave que está caliente. Espera; sopla, sopla.  
- mmm está bien, pa.
O,
- un cachito de sal, ¿no?
O también,
- ¿y si le pones un poquitito más de pimienta?

Entendía que quien cocina, siempre está haciendo su mejor esfuerzo por dar alimento a las personas. Entonces, uno debía ser muy sutil al sugerir alguna modificación en pro del resultado. Así que, la forma sugerente del verbo, siempre era la más saludable de utilizar.

En ese momento la lógica llegó a mi mente, desde el fondo de mis recuerdos, y pude responder:

-       Cocino, porque si no cocino, no como, y si no como, me muero. Así que cocinar, para mí, es dar vida. Es, como hacer el amor.

Una respuesta poco común, que dejó callada a la Mati por unos segundos. Hasta que seguimos hablando de viajes, lugares y otras cosas de la vida.


Al mes de haber llegado a Urubamba, una madrugada desperté evacuando hasta por los poros, todo lo que había en mi ser.

Llamé al trabajo para preguntar por un lugar en el que me podían atender, un domingo a las tres de la mañana, ya que mi cuerpo dijo: te estás muriendo.

Normalmente evito a los doctores y a los medicamentos químicos, por lo que nunca me preocupé por ubicar un puesto de salud en el pueblo. La mejor medicina, es la preventiva.

Bajé por el camino de tierra, en plena madrugada. A penas podía caminar por lo débil que me encontraba. Felizmente, apareció una moto taxi.

Llegué a una clínica particular; la única en la que podía haber alguien que me atienda en ese momento.    

De inmediato, el doctor, medio dormido, tomó las muestras necesarias para hacer algunas pruebas. Luego, me conectaron una vía con suero, ya que llegué con una deshidratación de tercer grado.

Cuando salieron los resultados de las pruebas, tenía amebiosis.

Las amebas son organismos que no son ni parásitos ni bacterias. La había cogido en una caminata en la cual tomé agua del río. A pesar de estar en la parte alta de una montaña, las amebas vienen con las heces de los animales que pastan en las alturas de las montañas, por lo que era muy probable que, en esas condiciones silvestres, cogiera un bicho de esos, que mi cuerpo no conocía.

Estuve internado por dos días en la clínica, que era en realidad, una casa adaptada para hacer las veces de centro médico.

En esas circunstancias, por primera vez, extrañé a mis viejos. Esta vez no hubo mamá o papá que fueran a verme o me digan lo que debía hacer.

Pensé: Recién comienza tu viaje. Agárrate fuerte.   

Cuando me dieron de alta, aparte de la ensalada de pastillas que me recetaron, tuve que ir al mercado para comprar lo necesario para cocinar la dieta recomendada. De la clínica al mercado había sólo cuatro cuadras. En el trayecto tuve que sentarme a descansar dos veces, por lo debilitado que estaba. Tomé una moto taxi a Ccatán y mis amigos de la casa estaban preocupados, porque había desaparecido por casi tres días y llegaba medio muerto, aún.

En ese momento, me dijeron que, si algo ocurría, podía avisarles y que entre todos nos ayudábamos.

Me di cuenta que venía viviendo un estilo de vida, no egoísta, sino más bien aislado. Que prefería hacer y resolver las cosas por mi parte, ya que consideraba que había dado los suficientes problemas en el colegio y en el instituto, como para seguir siendo una carga pesada. Así que decidí romperla en la chamba, para compensar todas las anotaciones con lapicero rojo en el cuaderno de control, con cartas de felicitación, premios y otros reconocimientos, que felizmente, los daban. Y, si se podían ganar, se podían ganar.

Llamé a mi vieja para contarle lo que había pasado, varios días después, una vez ya recuperado, para no preocuparla.

A mi viejo sólo le contaba: puta pa, ¡casi me muero! ¡Pero todo bien ah! Tranqui.

Y listo. Luego, tenía mil cosas más que contar, como platos que había aprendido a preparar, nuevos insumos que iba descubriendo, gente con la que había conversado y las aventuras en bicicleta, que eran a diario, en el valle.

Si van al Valle Sagrado de los Incas, no dejen de probar el carrot cake más rico del mundo, en Pisac, a cuadra y media de la plaza, a cuatro puertas de un horno de barro de la época de la colonia, donde venden unas empanadas que saben a historia.


La música, es el soundtrack que le ponemos a la película de nuestras vidas. 

Al poco tiempo de llegar a Urubamba, me sentía tan feliz que vestí para la ocasión a una canción de Lynyrd Skynyrd. Y es de ese twist de donde sale el nombre de este escrito.

En el valle duré un año, ya que sabía que estaba de paso. Además, ya conocía casi todo lo que había por hacer. Así que empecé los preparativos para volver a mi hábitat natura: la playa.

Trabajo nuevo: check. Renuncia: check. Liquidación: check. 

Máncora, allá voy. 


Recién llegado.
Foto para la nueva chamba.
Urubamba, Cusco (2010)

Big wheels keep on turning
Carry me home to see my kin
Singing songs about the Southland
I miss Alabama once again
And I think it's a sin, yes

Well I heard mister Young sing about her
Well, I heard ole Neil put her down
Well, I hope Neil Young will remember
A Southern man don't need him around anyhow

Sweet home Alabama
Where the skies are so blue
Sweet Home Alabama
Lord, I'm coming home to you

In Birmingham they love the governor (boo, boo, boo)
Now we all did what we could do
Now Watergate does not bother me
Does your conscience bother you?
Tell the truth

Sweet home Alabama
Where the skies are so blue
Sweet Home Alabama
Lord, I'm coming home to you
Here I come Alabama

Now Muscle Shoals has got the Swampers
And they've been known to pick a song or two
Lord they get me off so much
They pick me up when I'm feeling blue
Now how about you?

Sweet home Alabama
Where the skies are so blue
Sweet Home Alabama
Lord, I'm coming home to you

Sweet home Alabama
Oh sweet home baby
Where the skies are so blue
And the guv'nor's true
Sweet Home Alabama
Lordy
Lord, I'm coming home to you
Yea, yea Montgomery's got the answer

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