Madre, sólo hay una...
...era la frase que usaba mi viejo después de ver a mi vieja hacer justicia con sus manos, y todas sus extensiones. Porque cualquier cosa que estuviera al alcance de ellas, se convertía en un proyectil certero, la gran mayoría de veces.
Recuerdo cuando entendí del todo, eso del radio de los círculos...
Estábamos jugando con mi hermano, un año y tres meses mayor que yo, en la azotea de la casa. No recuerdo qué hicimos, pero definitivamente fue algo que no nos dijeron que no hagamos. Igual, éramos culpables...
Recuerdo cuando entendí del todo, eso del radio de los círculos...
Estábamos jugando con mi hermano, un año y tres meses mayor que yo, en la azotea de la casa. No recuerdo qué hicimos, pero definitivamente fue algo que no nos dijeron que no hagamos. Igual, éramos culpables...
En el cuarto de cachibaches de la casa, ¡se encontraba de todo! Cajas de madera con herramientas antiguas, todo tipo de pernos, baldes con pintura, muebles en desuso, partes de autos, cuadros viejos, libros, botellas de vino olvidadas...había de todo para crear un mundo diferente, por lo menos dos veces al día.
Dentro de tantas cosas, había una especie de manguera de plástico duro, recubierta con una malla metálica. La manguera debe haber tenido algo más de 2 metros de largo, porque cuando en plena huída, mi vieja batió su brazo, la manguera nos dio en el poto, a los dos. ¡Qué precisión! Mi vieja se debe haber sentido todo un crack ese día...y volviendo a las matemáticas: ella hizo de eje y la manguera de radio, el cual iba dibujando una circunferencia, hasta que se encontró con los cuerpos inocentes, de dos almas descarriadas, víctimas de la crianza old school.
Dentro de tantas cosas, había una especie de manguera de plástico duro, recubierta con una malla metálica. La manguera debe haber tenido algo más de 2 metros de largo, porque cuando en plena huída, mi vieja batió su brazo, la manguera nos dio en el poto, a los dos. ¡Qué precisión! Mi vieja se debe haber sentido todo un crack ese día...y volviendo a las matemáticas: ella hizo de eje y la manguera de radio, el cual iba dibujando una circunferencia, hasta que se encontró con los cuerpos inocentes, de dos almas descarriadas, víctimas de la crianza old school.
Al recordar ese momento, tengo la misma sensación de ese día: el dolor no fue en el poto, sino que eran hincones en la garganta. Mi vieja había alcanzado el siguiente nivel en la escala del dolor, ya que los niveles anteriores habían sido superados. Y muchas veces tenía que evitar a toda costa reírme mientras recibía a La Santa Inquisición. Porque sabes, nos daban pero no nos daban. Pero cuando nos daban, nos daban...
En el momento en el que ese dolor profundo invadió mi cuello -como dos hincones en la tráquea-, me sentí realmente vulnerable ya que ahora la ordalía contaba con una nueva herramienta para la cual no estaba preparado. Tuve que huir corriendo, sin honor, y resguardarme en mi cama, sobándome casi desesperado ya que el dolor no pasaba y era algo que iba por todo el cuerpo; no lo podías ubicar ni detener.
Ese día nos forzó a ir más allá en temas de escape, y terminamos clavando alcayatas en la pared, a modo de boulder, a penas perceptibles a la vista. Habíamos practicado el un-dos-tres para subir rápido al techo del cuarto de servicio, donde tablones de madera, ya estaban instalados para que sirvan como escudo, en caso de que los viejos decidan ponerse extra-subversivos y empiecen a lanzarnos cosas, debido a la frustración de no poder alcanzarnos. Porque ahí, sólo un mojón podía subir. Era la zona "más segura" de la casa, para efectos de pasar ileso el día. Aunque en realidad, era un plató de dos metros de ancho que te dejaba con tres opciones si pasabas los límites: por el norte volvías a la azotea y a enfrentar tu destino. Por el sur era la casa del vecino, lo cual no era una opción para escapar -aunque la casa de otro vecino nos servía para entrar cuando nos olvidábamos la llave; ese era otro deporte de riesgo. Por el este y por el oeste, caídas de cuatro pisos. Es decir, la zona segura en caso de emergencia era otra emergencia en sí.
Al final sólo usamos una vez esa ruta de escape, porque nos dejaron ahí arriba toda la tarde, esperaron a que bajemos solos y vayamos de frente a nuestro cuarto, poco antes de caer el sol, y bien callados. Ese día, sinceramente, sentí que mis viejos aceptaron la derrota. Fue lo único que alivió mi dolor, aunque me quedé pensando en cómo seguía vivo en ese instante, a una pared de distancia de ellos.
Al día siguiente no estaban las alcayatas en la pared y recibimos una advertencia que sólo la puedo comparar con el juramento de persecución que le hicieron a Osama bin Laden, de que si volvíamos a "activar esa ruta de escape", las siete plagas de Egipto iban a ser un resfriado en comparación a lo que nos pasaría. Fue bastante clara la ilustración, como para portarnos bien, en esa zona de la casa, por algunos días. Hasta que descubríamos una nueva manera de cagarla.
Felizmente hacer trenes con las sillas del comedor o naves espaciales con el librero, estaba permitido. Y era en esas aventuras donde planeaba la siguiente jugada. Mi hermano siempre le ponía el toque de riesgo adicional y claro, yo tenía que ejecutar el plan y evidentemente, cargar con la culpa.
En el momento en el que ese dolor profundo invadió mi cuello -como dos hincones en la tráquea-, me sentí realmente vulnerable ya que ahora la ordalía contaba con una nueva herramienta para la cual no estaba preparado. Tuve que huir corriendo, sin honor, y resguardarme en mi cama, sobándome casi desesperado ya que el dolor no pasaba y era algo que iba por todo el cuerpo; no lo podías ubicar ni detener.
Ese día nos forzó a ir más allá en temas de escape, y terminamos clavando alcayatas en la pared, a modo de boulder, a penas perceptibles a la vista. Habíamos practicado el un-dos-tres para subir rápido al techo del cuarto de servicio, donde tablones de madera, ya estaban instalados para que sirvan como escudo, en caso de que los viejos decidan ponerse extra-subversivos y empiecen a lanzarnos cosas, debido a la frustración de no poder alcanzarnos. Porque ahí, sólo un mojón podía subir. Era la zona "más segura" de la casa, para efectos de pasar ileso el día. Aunque en realidad, era un plató de dos metros de ancho que te dejaba con tres opciones si pasabas los límites: por el norte volvías a la azotea y a enfrentar tu destino. Por el sur era la casa del vecino, lo cual no era una opción para escapar -aunque la casa de otro vecino nos servía para entrar cuando nos olvidábamos la llave; ese era otro deporte de riesgo. Por el este y por el oeste, caídas de cuatro pisos. Es decir, la zona segura en caso de emergencia era otra emergencia en sí.
Al final sólo usamos una vez esa ruta de escape, porque nos dejaron ahí arriba toda la tarde, esperaron a que bajemos solos y vayamos de frente a nuestro cuarto, poco antes de caer el sol, y bien callados. Ese día, sinceramente, sentí que mis viejos aceptaron la derrota. Fue lo único que alivió mi dolor, aunque me quedé pensando en cómo seguía vivo en ese instante, a una pared de distancia de ellos.
Al día siguiente no estaban las alcayatas en la pared y recibimos una advertencia que sólo la puedo comparar con el juramento de persecución que le hicieron a Osama bin Laden, de que si volvíamos a "activar esa ruta de escape", las siete plagas de Egipto iban a ser un resfriado en comparación a lo que nos pasaría. Fue bastante clara la ilustración, como para portarnos bien, en esa zona de la casa, por algunos días. Hasta que descubríamos una nueva manera de cagarla.
Felizmente hacer trenes con las sillas del comedor o naves espaciales con el librero, estaba permitido. Y era en esas aventuras donde planeaba la siguiente jugada. Mi hermano siempre le ponía el toque de riesgo adicional y claro, yo tenía que ejecutar el plan y evidentemente, cargar con la culpa.
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| Días mágicos en la playa. |

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