¡Quinua pe’ Pecas!
Un domingo de
primavera, en busca de la estabilidad para lo que la vida nos tiene para
mostrar, la Pecas y yo nos fuimos a pasear, conversando de la vida, como lo hacíamos
en nuestra chiquititud. Sólo que esta vez, teníamos más respuestas que
preguntas.
Hasta que llegó
la pregunta del millón:
-Pecas, ¿dónde
vas a almorzar hoy?
-No sé; mi viejo
me canceló porque se mandó un desayuno muy bravo y nada pues, ni idea…
-Recién tengo que
hacer a las 5pm y… ¡Justo esta semana estuve practicando una receta buenaza!;
¿cocinamos y almorzamos en mi casa?
- ¡Ya! ¡Mostro,
amigo! Trabajo a las 7pm y sólo por un par de horas, así que fresh.
En el camino,
pasamos por lo que era su antigua casa: una de esas casotas enormes en la
avenida Salaverry, cerca a la UP. Recuerdo que tenía 11 habitaciones y sólo sus
más patas pasaban de la cocina. Ahora es un edificio que alberga a varias
familias, aunque no tantas como historias hay en ese barrio.
- Manya Pequitas,
te invitaría una pastita, aunque como vienes de correr, es la voz comer algo
para recuperarte, así que vamos a meterle quinua, ¿sale? La pasta es para
cargar baterías la noche anterior a una carrera.
- ¡Cerrado amigo!
¡Confío en tu talento! (Risas)
Así que nos
fuimos al mercado de Jesús María, llegamos a mi casa y esto fue lo que pasó:
Pusimos la quinua
en agua a fuego medio hasta que hirvió. Luego esperamos siete minutos, tal y
como me enseñó mi gran amigo Martín Mantilla, terrible Master Chef de corte
internacional.
Como compramos
quinua a granel, la lavamos antes, dos veces. Aunque igual nos tocaron un par
de piedritas en la boca. ¿A quién no le ha pasado? La quinua se lava para que
no haga mucha espuma al cocinarla. O en buen cristiano, para remover la saponina.
Utilizamos una
medida equivalente a un puñado de quinua por persona. Una compotera y media de
vidrio, para ser exactos.
Un par de ajos se
colaron en la olla de la quinua junto con una papa amarilla en cubos, con
cáscara, bien lavada y refregada, por si las moscas.
Además, un poco
de sal de maras llovió en la olla, para evitar que la papa pierda su
consistencia y parezca una papilla en lugar de dados de la suerte, de nuestro
producto bandera.
Mientras eso
sucedía como por arte de magia, al lado iba picando las verduras elegidas en
cubos. No busco la perfección en los cortes, sólo que se puedan masticar con
comodidad.
Los convocados
fueron: berenjena, zapallito italiano, pimiento y un trozo de zanahoria, picada
más fina que el resto de vegetales, ya que es más dura que el resto; una
cebolla roja, tres dientes de ajo y un poco de ají amarillo o escabeche. Para
el aderezo base, los tres últimos ingredientes.
Entonces, como me
contó mi pata Luis Loyaga, tremendo Chef de la campiña de Moche, en Trujillo, a
quien su mamá, la Señora Anita, le transmitió el secreto de la buena cocina
campestre: primero va la cebolla, sin aceite ni nada, para que bote su amargor.
Una vez que está medio transparente, se le echa un poco de sal “para que
llore”, luego los dientes de ajo picados y un par de onzas de agua para desglasar. Algunas veces utilizo la
salmuera de las aceitunas, para darle un toque extra de sabor.
Pudo haber sido
algo más sofisticado, aunque me gusta la comida Nice & Simple, Healthy & Yummy. Algo que no requiera de
mucha ciencia, ya que me independicé a los 23 años y tuve que aprender a hacer
comida rica, sana y sobretodo: nutritiva. Para sobrellevar el ritmo de vida
agitado que llevaba: entre el trabajo, el trotar cuando no habían olas, el surfing, la bicicleta y el Enshin
Karate, aparte de las escapadas de un par de días, haciendo rutas cortas fuera
de la ciudad, acampando, explorando y conociendo paisajes que me traían muchas aventuras,
calma e inspiración, todo a la vez. Necesitaba gasolina de avión para la
máquina.
Volviendo al
tema…
Una vez que los
ajos y cebollas se dijeron como tenían que decirse, les presentamos a las
verduras picadas, para que se conozcan, bailen y se enamoren.
Recién ahí, bronceamos
la burundanga de verduras con media cucharada de mantequilla, incorporamos la
quinua cocida con la papa y los dientes de ajo, integramos todo
de manera envolvente, apagamos el fuego y ya estábamos casi listos para darle
trámite a nuestros más bajos instintos.
Me gusta que el
zapallito italiano y la berenjena no pierdan la textura semi-durita, por lo que
no dejo mucho rato al fuego, ese asunto.
Servimos ambos
platos, picamos un poco de queso serrano en cubitos. Media palta pasó por la
mirada y cayó mita-mota, en cubos
sobre cada plato, unos chispazos de sal de maras, un zigzag de aceite de oliva,
más virgen que la sinceridad en nuestro país y luego un poco de perejil hecho chichirimico, como dice mi viejo.
Luego de eso,
tomamos unos banquitos de playa, nos sentamos al sol en la azotea y compartimos
mientras conversábamos cosas de la vida misma. ¡Qué pena que no nos dio para el
postre! Aunque de subidita nomás ya habíamos lampeado un poco de manjar blanco
de Cajamarca. ¡Uno de los más ricos del mundo!
El próximo
sábado, antes de la carrera del domingo de la Pecas, se viene una pasta de la
que aún no han escrito los autores. Veremos qué pasa…algo se nos ocurrirá.
“La vida es más bonita
cuando compartes sin interés”
![]() |
| Historia de IG de la Pecas. |

Comentarios
Publicar un comentario
Con cariño, por favor.