Desayunos Domingueros

El primer recuerdo que viene a mi mente sobre los desayunos en mi casa son los desayunos los  domingos. Nada wow, no me acuerdo de la mesa puesta ni de nada más que mi viejo haciendo sánguches en pan francés después de llegar de correr y aplastarlos de un manazo para aplanarlos y poder darles un mordisco.

Ver la mesa temblar, las migas saltar y oír el sonido del golpe seco y torpe, son cosas que jamás voy a olvidar.

Cuando lo recuerdo,  nos veo a mi hermano y a mí, parados al rededor de la mesa, entusiasmados esperando a que mi viejo haga el gran truco de salvajada. Me imagino que mi Ma saltaba en su cama cada vez que escuchaba el sonido ese. Nada realmente importaba más que eso: el ver a tu viejo ser una bestia.

Algunas veces él nos llevaba a a correr a la playa con sus amigos, o al Campo de Marte. Recuerdo que era como una tortura para mí porque no era algo que pedíamos hacer, o al menos yo. A mí me gustaba jugar, no me gustaba que me dijeran qué hacer, por eso siempre tuve problemas con la autoridad. Pero tampoco podía dejarme vencer. Entonces el salir a correr se convirtió en una especie de entrenamiento para la vida, para mí.

No había nada peor que no poder más, quedarme sin aliento, llegar después de todo el grupo y perderme los primeros chistes que contaban en la playa. Esos mismos chistes que yo repetía en el colegio en el que estudié la primaria, antes de que me extiendan una invitación a probar un método diferente de educación, en otro colegio.

La frescura con la que me paraba frente a toda la clase para contar chistes antes de salir al recreo era alucinante. Si la profesora se olvidaba que había un show, yo mismo me paraba y hacía que todo el mundo vuelva a su lugar para poder contarles el chiste que había estado esperando contar durante las primeras horas del día. Yo sólo quería reírme y hacer reír a mis amigos.

Siempre tuve la tendencia a juntarme con los más vagos y no digo que yo no lo era, sino que probablemente yo era uno de los más vagos. Recuerdo haberme tirado al piso a reír y regresar tarde al salón después del recreo porque simplemente alguien contó algún chiste tan bueno que me puso a reír tanto que terminaba literalmente arrastrándome de risa en el piso y cuando la cosa llegaba a tal punto siempre decía "qué risa me da la risa" y eso era motivo suficiente para seguir riéndonos. Era como una sobredosis de felicidad que nunca querías que acabe. Aunque todo acababa al regresar al salón y bueno, tratar de escuchar la clase....eso duraba de dos a tres minutos. Luego venía el mirar por la ventana, hacer alguna caricatura del profe, aventar notas a los patas o re-escribir las canciones que sonaban en la radio con mi propia versión de la letra.

Yo me sentía completamente fuera de lugar en el colegio.

Felizmente lo terminé, invicto.


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